Etimología de Verdad

Didi

Tiene referencia en las formas del latín verĭtas, verĭtātis, asociado a vērus, por ‘verdadero’, sobre la raíz del protogermánico en *wēro-, por ‘cierto’ o ‘real’, acompañándose del sufijo -tas, -ātis, que adquiere la forma -dad, como componente de cualidad en la sustantivación sobre el adjetivo. No obstante, aparece en la cultura griega arcaica, donde es interpretado a través del pensamiento que encubre la palabra aletheia (ἀ-λήθεια), que desde investigaciones rigurosas, tanto filológicas como filosóficas, designa la forma alfa () privativa de lo oculto (lethe, λήθε).

Es así, que la etimología directa nos ubica en la Roma imperial, donde la simple noción emergida en Grecia se transforma en el latín veritas. Contiene la noción del verum-bonum, entendido como aquello que en su bondad es captado por la razón como lo verdadero, es decir, como lo idéntico a sí mismo, apreciado como bueno, especialmente aplicable en la vida cotidiana regulado por las leyes.

Ateniéndonos a la simplicidad de la emergencia del uso del término, la ἀ-λήθεια (aletheia) se interpreta como lo que no está oculto, es decir, aquello que se muestra

Esta interpretación que apreciamos desde el mundo griego presocrático, nos muestra en su esencia, una noción despojada de las enormes cargas teológicas, epistemológicas y ontológicas que posteriormente le serán adjudicadas. Esto no oculto, lo que se muestra en su presencia simple, directa y concreta, no es sino la naturaleza, la cual, según las sentencias del saber aforístico de Heráclito (Siglo VI a.C., Fragmentos 123, 12 y 64), siempre gusta en ocultarse, y sólo a través del relámpago (κεραυνος – keraunós) de su aparecer presencial inmediato, logramos apreciar los mortales por un instante a través del logos, para luego cubrirse ante nuestros ojos.

Lejos de su simpleza, al llegar al pensamiento clásico griego (Siglos V-IV a.C.), Sócrates, Platón y Aristóteles nos persuadirán de que el alma (psyké) puede y debe captar un objeto preciso, pautado e idéntico a sí mismo de manera certera e inequívoca, es decir, la verdad. Respectivamente se referían al postulado justo aplicable en la práctica ética social a la idea pura y eterna que habita incólume en un mundo metafísico, y a aquello idéntico a sí mismo predicable del sujeto.

Posiciones tomadas en sus valoraciones históricas

El tema adquiere en la edad media, entre los siglos V y XV, un cariz teológico trascendente, donde fundándose en la filosofía pagana griega, el pragmatismo del aparato imperial romano y en los valores religiosos judeocristianos, la verdad se ubicará por diez siglos en una realidad metafísica extramundana que negará lo terrenal (el cuerpo) y sólo será asequible a través de la determinación de la revelación de los designios divinos.

A partir del Renacimiento (siglo XV), atravesando la Modernidad, la noción de verdad fluctuará entre las concepciones empiristas y racionalistas (siglos XVI-XVII), atribuyéndoles unas el origen y la validación del conocimiento real a los sentidos y otras al uso puro de la razón.

Durante la crisis abierta por el pensamiento contemporáneo, el término sufrirá los embates más duros de la crítica, el perspectivismo y el existencialismo, e incluso será asediada por tendencias nihilistas. La verdad será objetada, hasta tal punto, que incluso se verá casi aniquilada ante la declaración de la muerte de Dios por el filósofo Friedrich Nietzsche.

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