Joya

Pautado en el francés antiguo como joie, alternando con joel, joiel, formas que derivarían en el francés moderno joyau, ingresando al español hacia mediados del siglo XIII en el marco del intenso tráfico comercial y cortesano que vinculaba ambas coronas. Ahora, existe una bifurcación respecto del camino. Por un lado, se lo conecta con el latín gaudium, remitiendo a ‘gozo’ o ‘alegría’, con base en el verbo gaudēre, por ‘regocijarse’, con raíz en el indoeuropeo *geh₂u-, al que se le atribuye el sentido de alegrarse o disfrutar, apreciándose una correspondencia en el griego gēthéō (γηθέω), manteniendo el sentido. Por otro lado, se cruza el camino etimológico con el latín iocus, señalando el ‘juego’ o la ‘broma’, sobre la base del indoeuropeo *yek-, por pronunciar o proferir palabras rituales, proponiéndose una forma del latín vulgar *iocāle, entendida como aquello que proporciona deleite o entretenimiento, de donde procedería el joel francés y, por la vía anglonormanda, el inglés jewel. Para cualquiera de los dos casos, el núcleo semántico permanece idéntico: la joya no se nombra por su materia ni por su función, sino por la emoción que despierta, un rasgo poco frecuente en el léxico de los objetos y que la distingue de alhaja (procediendo del árabe hispánico al-ḥāǧa, por ‘objeto necesario’ o ‘cosa de valor’), donde prima la utilidad, y de gema (dado en el latín gemma, que designaba primero el brote de la vid y luego la piedra por semejanza formal, y del cual procede igualmente yema por evolución popular), donde prima la apariencia.

En la organización material de las sociedades premodernas, la joya excede el ornamento. Constituye una forma de riqueza portátil y transferible, capaz de atravesar fronteras, guerras y confiscaciones sin perder valor, funcionando como reserva patrimonial en tiempos en que la moneda dependía de la solvencia del emisor. Así, las dotes matrimoniales, los rescates de prisioneros y los empeños de las casas nobiliarias se saldaran habitualmente en piedras y metales trabajados, y que la expresión joyas de la Corona conserve hasta hoy la doble carga de tesoro material y símbolo de legitimidad soberana. Isabel la Católica empeñando sus joyas para financiar el viaje de Colón es una escena históricamente discutida, pero perfectamente verosímil en la lógica económica de la época.

El uso metafórico, mediante el cual se califica de joya a una persona, una obra o un hallazgo excepcional, no representa una extensión moderna sino el retorno del término a su raíz.

A la primera puerta, encontramos asociaciones en gozo (por la evolución popular del latín gaudium), gozar (sobre el latín gaudēre), regocijo (conjugando el prefijo re-, en función intensiva, y el campo de gozo) y gaudeamus (conservando la forma verbal latina en primera persona del plural, por ‘regocijémonos’). Si se opta por la puerta alternativa, se observan juego (declarado en el latín iocus), jugar (visible en el latín iocāri), jocoso (dado en el latín iocōsus) y juglar (pautado por el latín ioculāris, señalando a quien entretiene). Cabe marcar el caso del francés bijou, cuya trayectoria es independiente, procediendo del bretón bizou, por ‘anillo’, sobre biz, por ‘dedo’.

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