Guerra

Documentado en el germánico occidental como werra, señalando el desorden, la discordia o la confusión antes que el enfrentamiento armado organizado, apreciándose en el alto alemán antiguo werra, por ‘pelea’ o ‘revuelta’, sobre el protogermánico *werzō, con raíz en el indoeuropeo *wers-, al que se le atribuyen los sentidos de ‘mezclar’, ‘revolver’ o ‘embrollar’. Llega a las lenguas romances por la vía de los pueblos que se instalan sobre el territorio del Imperio a partir del siglo V, francos, visigodos y longobardos, adaptándose el fonema germánico inicial w- mediante el refuerzo velar característico que produce gu-, tal como también lo exponen guardar (sobre el germánico wardōn), guante (dado en el fráncico want), guisa (visible en el germánico wisa) o el nombre propio Guillermo (por el fráncico Wilhelm).

El latín poseía su propio término, bellum, sin embargo, ninguna lengua romance lo conservó, produciéndose una sustitución completa en favor del vocablo germánico. La explicación más aceptada señala la colisión homonímica con el adjetivo bellus, por ‘bello’ o ‘hermoso’, cuyas formas evolucionadas resultaban prácticamente indistinguibles del sustantivo, generando una ambigüedad que la lengua no podía sostener en un campo semántico donde la precisión resultaba vital. A esto se sumó la presión sociolingüística de una clase militar germánica que nombraba el conflicto con su propia palabra. De este modo, bellum sobrevive por vía culta en bélico (declarado en el latín bellĭcus), belicoso (dado en el latín bellicōsus), beligerante (conjugando bellum y gerere, por llevar adelante) y, muy especialmente, rebelde y rebelión (procediendo del latín rebellis y rebellio, formados por el prefijo re- y bellum, apuntando a aquel que insiste en la guerra aún después de que perdió).

El propio bellum arrastra una historia previa, dado que el latín arcaico registraba la forma duellum, que la evolución fonética redujo al término clásico. Siglos más tarde, el latín medieval recupera aquella forma antigua interpretándola erróneamente como derivada de duo, por ‘dos’, y le asigna el sentido de combate entre dos contendientes, produciendo el duelo del honor caballeresco. Guerra y duelo resultan así la misma palabra separada por un milenio y por una etimología equivocada, sin relación alguna con el otro duelo del español, el del dolor por la pérdida, del latín dolus sobre el verbo dolēre.

El griego designa el conflicto armado como pólemos (πόλεμος), del cual proceden polémica y polemizar, de manera que toda discusión pública conserva en su nombre la memoria del campo de batalla. Heráclito le asigna en su fragmento 53 la condición de padre de todas las cosas, sosteniendo que el conflicto no constituye una interrupción del orden sino el mecanismo mismo que lo genera, una tesis que atraviesa buena parte de la filosofía posterior.

En el caso de guerrilla, formada como diminutivo de guerra mediante el sufijo -illa, en función de disminución, que se acuña y populariza durante la Guerra de la Independencia española entre 1808 y 1814, denominaba episodios que hostigaban a las tropas napoleónicas mediante emboscadas y acciones dispersas. El término funcionó para citar una modalidad de combate que se exportó sin traducción al inglés, francés y a prácticamente todas las lenguas europeas, constituyendo uno de los aportes léxicos más difundidos del español al vocabulario militar universal.

Sobre la raíz germánica, se identifican guerrero, guerrear, guerrilla y guerrillero, además de aguerrido (como participio que señala al curtido por la experiencia del combate). En las lenguas vecinas se aprecian el francés guerre, el italiano guerra, el portugués guerra y el inglés war, este último tomado del normando werre, es decir, la misma voz germánica devuelta a una lengua germánica tras un rodeo por el francés. En el indoeuropeo *wers-, se observan el inglés worse, por ‘peor’, y el alemán verwirren, por ‘confundir’.

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