Decadencia, Decadente

Decadencia está ubicado en el latín medieval como decadentia, procediendo de decadens, decadentis, participio del verbo del latín vulgar decadĕre, variante del latín clásico decidĕre, remitiendo a ‘caer hacia abajo’ o ‘venirse abajo’, configurándose a partir del prefijo de-, que transmite la idea de ‘descenso’, ‘alejamiento’ o ‘movimiento de arriba hacia abajo’, con raíz en el indoeuropeo *de-, en propiedad demostrativa de dirección, y el verbo cadĕre, interpretándose por ‘caer’, sobre la base del indoeuropeo *kad-, por ‘caer’ o ‘sucumbir’. Complementa la estructura el sufijo -entia, que se adapta al español como -encia, en función de la sustantivación a razón de cualidad o estado derivado del participio, mientras que decadente conserva el sufijo -nte, en propiedad de adjetivación, señalando a quien protagoniza la acción de caer. De este modo, la composición transmite literalmente el estado de aquello que está cayendo, no como un desplome súbito, sino como un descenso progresivo y sostenido, exponiendo que la decadencia no es la caída consumada sino el proceso mismo de caer.

El prefijo de- no opera como propiedad de negación o inversión, como ocurre en deshacer o desarmar, sino que se moldea entorno a la idea del movimiento descendente, como se aprecia en declinar (observado en el latín declināre, conjugando de- y clināre, por ‘inclinar’) o derrumbar, un matiz esencial que le confiere a la palabra su carga gradual: lo decadente no ha tocado fondo, sino que transita hacia él.

El francés registra décadence hacia el siglo XV, extendiéndose al italiano decadenza, al portugués decadência y al inglés decadence. No obstante, la consagración cultural del término se opera en la Francia de fines del siglo XIX, donde surge el movimiento literario del decadentismo, encabezado por figuras como Paul Verlaine (1844-1896), quien reivindicara la etiqueta que la crítica esgrimía como insulto, declarando en 1883 su gusto por la palabra décadence, y consolidándose con la publicación de la revista Le Décadent en 1886. Los decadentistas, herederos de Charles Baudelaire (1821-1867), abrazaron el refinamiento extremo, el artificio y la belleza crepuscular de las civilizaciones en ocaso, transformando la caída en una estética, apreciándose la culminación del imaginario en la novela À rebours (1884) de Joris-Karl Huysmans.

Históricamente, la noción se vertebra en torno al paradigma de la caída del Imperio Romano, instalado de manera definitiva por el historiador británico Edward Gibbon (1737-1794) en su monumental obra The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, publicada entre 1776 y 1789, y previamente por Montesquieu (1689-1755) en sus Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence, de 1734, estableciendo el modelo interpretativo según el cual toda civilización que alcanza su esplendor acarrea, en el exceso y el abandono de sus virtudes fundacionales, la semilla de su propio descenso.

Es posible destacar como palabras asociadas a la raíz de *kad-, caer (pautado en el latín cadĕre), caducar (observado en el latín cadūcus, sobre aquello que está destinado a caer), cadencia (dado en el italiano cadenza, sobre el latín cadens, por la manera en que cae el ritmo musical), cascada (visible en el italiano cascata, de cascare, por ‘caer’), accidente (declarado en el latín accĭdens, conjugando el prefijo ad-, por ‘hacia’, y cadĕre, exponiendo lo que cae sobre alguien de manera imprevista), occidente (sobre el latín occĭdens, donde el prefijo ob- acompaña la caída del sol por el horizonte) e incidente (en el latín incĭdens, transmitiendo aquello que cae dentro del curso de los acontecimientos).

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