Átomo

Regidtrado en el latín como atŏmus, al respecto del griego átomos (ἄτομος), interpretándose por ‘indivisible’ o ‘lo que no se puede cortar’, configurándose a partir del prefijo a- (ἀ-), en propiedad de negación, con raíz en el indoeuropeo *n̥-, manteniendo la función privativa, y el adjetivo verbal tomós (τομός), procediendo del verbo témnein (τέμνειν), por ‘cortar’ o ‘dividir’, sobre la base del indoeuropeo *tem-, por ‘cortar’.

Leucipo y su discípulo Demócrito de Abdera (460-370 a.C.) postularon que la materia no puede dividirse infinitamente, y que descendiendo lo suficiente se alcanzan partículas últimas, eternas e indivisibles, los átomoi, moviéndose en el vacío y combinándose para formar todas las cosas, una intuición formulada sin instrumento alguno, por pura necesidad lógica: si todo fuera divisible sin fin, razonaban, nada podría sostenerse. Epicuro heredó la doctrina y el romano Lucrecio la vertió al latín en su poema De rerum natura, hacia el 55 a.C., la obra que preservaría el atomismo durante los siglos en que el aristotelismo dominante lo relegó, hasta que el redescubrimiento de un manuscrito de Lucrecio en 1417, por el humanista Poggio Bracciolini, reinstalara la idea en la conversación europea.

El químico inglés John Dalton formalizó en 1808 la teoría atómica moderna, bautizando como átomos a las unidades de los elementos en homenaje a Demócrito, pero el siglo XX se encargaría de demostrar que el átomo era perfectamente cortable: el descubrimiento del electrón en 1897 por Joseph John Thomson, del núcleo en 1911 por Ernest Rutherford, y finalmente la fisión nuclear en 1938, revelaron que lo indivisible tenía partes, y que separarlas liberaba una energía capaz de reordenar la historia. El 6 de agosto de 1945, sobre Hiroshima, la humanidad comprobó el poder de cortar lo incortable, y la palabra quedó partida en dos como su referente: el átomo de los filósofos, símbolo de lo mínimo e irreductible, y el átomo de la era nuclear, sinónimo de un poder sin precedentes, apreciándose el desdoblamiento en el léxico de posguerra, donde la era atómica, la bomba atómica y la energía atómica convivieron con el uso corriente y afectuoso del diminutivo conceptual: no tener un átomo de duda, no quedar un átomo de esperanza.

El italiano registra atomo, el portugués átomo, el francés atome, el inglés atom y el alemán Atom, uniformidad esperable en un helenismo culto que viajó por la vía de los libros y no de la calle. En el marco de la física, cuando se comprobó que el átomo tenía partes, las partículas que lo componen heredaron el programa del nombre, y la búsqueda de lo verdaderamente indivisible continúa hoy en los quarks y leptones, de modo que la pregunta de Demócrito sigue abierta, solo que el candidato a átomos cambió de escala.

Ejemplos de oraciones

Cada átomo de hidrógeno contiene un solo protón en su núcleo.

No le quedaba un átomo de paciencia después de tres horas de espera.

El documental repasa la carrera por dominar la energía del átomo durante la guerra.

Comparación etimológica

Por la vía de témnein y la raíz *tem-, se identifican anatomía (dada en el griego anatomḗ (ἀνατομή), conjugando aná-, por ‘a través’ o ‘hacia arriba’, y el corte, describiendo la disciplina que conoce el cuerpo cortándolo), tomo (sobre el griego tómos (τόμος), por la sección o porción cortada de una obra, exponiendo que cada tomo de una colección es una tajada), epítome (observado en el griego epitomḗ (ἐπιτομή), el corte por encima que resume una obra extensa), dicotomía (conjugando dícha (δίχα), por ‘en dos’, y el corte, nombrando la división tajante entre dos términos) y entomología (dada en el griego éntomon (ἔντομον), por ‘insecto’, el animal cortado, por las incisiones que segmentan su cuerpo, calco que el latín replicó en insectum, sobre secāre, por ‘cortar’, exponiendo que insecto y entomología dicen exactamente lo mismo en dos lenguas distintas).

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