Altruismo

Neologismo deliberado, acuñado hacia 1830 por el filósofo francés Auguste Comte (1798-1857), padre del positivismo y de la sociología, quien lo presenta como altruisme, sobre la base del italiano altrui, remitiendo a ‘otro’ o ‘lo ajeno’, procediendo del latín vulgar *alterui, forma dativa de alter, interpretándose por ‘el otro entre dos’, con raíz en el indoeuropeo *al-, por ‘más allá’; acompaña el sufijo -ismo, que toma las respectivas formas del latín -ismus y el griego -ismós (-ισμός), en función de la sustantivación como doctrina o sistema de pensamiento.

Comte no fabrica el término como adorno del vocabulario, sino como piedra angular de su sistema ético, sintetizado en la máxima vivre pour autrui, por ‘vivir para el otro’, concibiéndolo explícitamente como antónimo de egoísmo (observado en el latín ego, por ‘yo’, conjugado con el mismo sufijo -ismo), y estableciendo una polaridad que estructura el debate moral hasta la actualidad. Para el pensador francés, la civilización progresaba en la medida en que los instintos egoístas cedieran ante los impulsos benevolentes, llegando a proponer una religión de la humanidad donde el culto a lo divino se reemplazara por la devoción al conjunto de los seres humanos.

El inglés registra altruism hacia 1853, difundido por los escritos de George Henry Lewes y consolidado por Herbert Spencer (1820-1903), quien lo incorporara al debate evolucionista, extendiéndose al italiano altruismo, al portugués altruísmo y al alemán Altruismus. Precisamente la biología evolutiva le reserva uno de sus capítulos más fascinantes: el aparente contrasentido de que un organismo sacrifique su beneficio en favor de otro, desafiando la lógica de la selección natural, encontraría respuestas en la teoría de la selección de parentesco formulada por William Hamilton en 1964, comprendiéndose el comportamiento de las abejas obreras que renuncian a reproducirse o del individuo que se arriesga por su grupo.

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