Vaticano

Registrado en el latín Vaticānus, designando originalmente la colina situada en la margen derecha del río Tíber, al oeste del núcleo urbano de Roma, un territorio que en los tiempos de la República no formaba parte del recinto sagrado de la ciudad —el pomērium— y que se caracterizaba por su condición pantanosa, insalubre y funeraria, destinándose a la inhumación de los muertos y al cultivo de viñedos modestos. El origen etimológico del nombre se bifurca en pasajes que los filólogos no han conseguido clausurar de manera definitiva, configurando una disputa que, como en tantos topónimos de la antigüedad, revela más sobre las capas de significado acumuladas que sobre un único momento fundacional.

Por un lado, y como el planteo más extendido entre los latinistas clásicos, se lo conecta con el sustantivo vātes, vātis, por ‘profeta’, ‘adivino’ o ‘poeta inspirado’, con posible raíz en el indoeuropeo *wāt-, por ‘inspiración divina’ o ‘excitación profética’, de donde procedería igualmente el germánico *wōdaz, que configura el nombre del dios nórdico Wōdan (Odín), comprendiendo la furia sagrada y la visión extática. Bajo esta lectura, el ager Vaticānus, el ‘campo Vaticano’, habría sido un lugar donde los adivinos etruscos o los augures romanos ejercían sus prácticas oraculares, y la denominación conservaría la memoria de esa actividad profética vinculada al territorio. Complementa la composición el sufijo -ānus, en función de la adjetivación que indica pertenencia, procedencia o relación con un lugar, tal como se aprecia en Rōmānus, por ‘romano’, o Albānus, por ‘albano’.

Por el otro lado, se cruza el camino etimológico con una hipótesis que postula la existencia de una divinidad menor denominada Vaticānus o Vagitānus, vinculada al verbo vāgīre, por ‘llorar’ o ‘dar vagidos’, designando al numen que presidía el primer grito del recién nacido, el llanto inaugural que certificaba la llegada de una nueva vida. Varrón, en sus Antiquitātes Rērum Dīvīnārum, menciona esta divinidad entre los dioses menores que gobernaban los momentos liminales de la existencia humana, y bajo esta lectura el collis Vaticānus habría debido su nombre al culto tributado a esta deidad del nacimiento. Remarcar que ambas hipótesis, lejos de excluirse, convergen en una dimensión numinosa compartida: ya sea por la voz del profeta o por el grito del recién nacido, el Vaticano se nombra como un lugar donde algo se pronuncia, donde una voz emerge para comunicar lo que trasciende.

A nivel documental, la colina vaticana adquiere una significación radicalmente nueva a partir del año 64 d.C., cuando la tradición cristiana sitúa en el Circus Vaticānus, mandado construir por Calígula y completado por Nerón, el martirio del apóstol Pedro, crucificado cabeza abajo durante las persecuciones neronianas. La tumba atribuida a Pedro, localizada en la necrópolis adyacente al circo, se convertiría en el epicentro sobre el cual el emperador Constantino I, hacia el año 326, ordena erigir la primera basílica, consagrando definitivamente un terreno que había sido cementerio pagano como corazón espiritual de la cristiandad. La actual Basílica de San Pedro, cuya reconstrucción se inicia en 1506 bajo el pontificado de Julio II y se prolonga durante más de un siglo con intervenciones de Bramante, Miguel Ángel, Maderno y Bernini, se levanta directamente sobre aquellos cimientos constantinianos, perpetuando la continuidad topográfica entre la tumba del apóstol y la sede del poder papal.

La configuración del Vaticano como estado soberano se formaliza el 11 de febrero de 1929, mediante los Pactos de Letrán, firmados entre la Santa Sede, representada por el cardenal Pietro Gasparri, y el Reino de Italia, representado por Benito Mussolini, resolviendo la denominada Cuestión Romana que se arrastraba desde la unificación italiana de 1870 y la pérdida de los Estados Pontificios. Con apenas 44 hectáreas, la Ciudad del Vaticano se constituye como el estado más pequeño del mundo, dotado sin embargo de una influencia que desborda incomparablemente sus dimensiones físicas.

Entre los términos vinculantes a partir del latín vātes y la raíz indoeuropea *wāt-, destacan vaticinar (observado en el latín vāticināri, procediendo de vātes y el verbo canĕre, por ‘cantar’, comprendiendo el acto de cantar profecías o pronunciar predicciones, con el sufijo -āri, en función verbal deponente), vaticinio (dado en el latín vāticinium, conjugando vātes y canĕre, con el sufijo -ium, en función del resultado de la acción profética) y vate (conservando directamente la forma vātes, empleado en el español culto y literario para designar al poeta dotado de inspiración superior). Por el lado de vāgīre, se identifica vagido (pautado en el latín vāgītus, con el sufijo -ītus, en función de la acción, designando el primer llanto del recién nacido). Así mismo, a partir del sufijo -ānus en su función toponímica, se observan paralelismos en Capitolino (sobre el latín Capitolīnus, procediendo de Capitolium, el templo de Júpiter erigido en la colina homónima), Palatino (dado en el latín Palatīnus, derivando de Palātium, la colina donde Rómulo fundara la ciudad y donde los emperadores establecerían su residencia, originando el término palacio) y Aventino (visible en el latín Aventīnus, la colina asociada a la plebe romana y a la primera secesión del año 494 a.C.).

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