Reflejado sobre la base del latín eclesiástico pascha, al respecto del griego páscha (πάσχα), procediendo del arameo pasḥā (פַּסְחָא), sobre la base del hebreo bíblico pesaḥ (פֶּסַח), interpretándose como ‘paso’, ‘salto’ o ‘pasar por alto’, derivado del verbo pāsaḥ (פָּסַח), remitiéndose a ‘pasar por encima’ o ‘saltar por encima de’, en alusión directa al episodio central narrado en el libro del Éxodo, capítulos 11 y 12, donde el ángel exterminador enviado por Dios recorre Egipto dando muerte a los primogénitos pero pasa por encima de las casas de los israelitas, cuyas puertas habían sido señaladas con la sangre del cordero sacrificado, constituyendo la décima y definitiva plaga que fuerza al faraón a liberar al pueblo hebreo de la esclavitud. De este modo, la palabra encierra en su raíz más profunda no la celebración en sí misma sino el gesto divino que la origina: el acto de perdonar saltando, de salvar pasando de largo.
La distinción entre el pesaḥ hebreo y la pascha cristiana resulta esencial para comprender la bifurcación semántica que esta palabra experimenta al cruzar la frontera entre ambas tradiciones. Para el judaísmo, Pesaḥ conmemora la liberación de Egipto y el nacimiento del pueblo de Israel como entidad libre, celebrándose durante siete días a partir del 15 de Nisán, articulándose entorno al Séder (סֵדֶר), por ‘orden’, la cena ritual en la que se consumen los alimentos simbólicos —el pan ácimo (matzá), las hierbas amargas (marór), el cordero asado (zeroa)— y se recita la Haggadá (הַגָּדָה), por ‘narración’, el texto litúrgico que transmite el relato del éxodo de generación en generación. Para el cristianismo, la Pascua absorbe y resignifica la festividad hebrea, desplazando su centro desde la liberación de la esclavitud egipcia hacia la resurrección de Cristo, comprendida como la liberación definitiva del pecado y la muerte, de modo que el cordero pascual del Éxodo se transfigura en el Agnus Dei, el cordero de Dios que se inmola para redimir a la humanidad entera.
A nivel documental, la controversia sobre la fecha de celebración de la Pascua cristiana, conocida como la controversia cuartodecimana, constituye uno de los primeros grandes debates de la iglesia primitiva, enfrentando a las comunidades de Asia Menor, que celebraban la Pascua el 14 de Nisán coincidiendo con el Pesaḥ judío independientemente del día de la semana, con la tradición romana y alejandrina, que la fijaba en el domingo siguiente al plenilunio de primavera. El Concilio de Nicea, en el año 325, zanja la disputa estableciendo el criterio que pervive hasta la actualidad en la tradición occidental: la Pascua se celebra el primer domingo posterior a la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera, vinculando así la festividad más solemne del cristianismo a un cálculo astronómico que hunde sus raíces en la dependencia del calendario hebreo respecto del ciclo lunar.
Remarcar que el latín eclesiástico pascha fue erróneamente asociado por algunos padres de la iglesia, particularmente por San Agustín, con el verbo griego páschein (πάσχειν), por ‘padecer’ o ‘sufrir’, vinculando la Pascua a la Pasión de Cristo, una etimología popular que, aunque filológicamente insostenible —dado que páscha procede del hebreo y no del griego—, reveló ser teológicamente fecunda, pues permitió condensar en una sola palabra el doble movimiento del misterio pascual: el sufrimiento de la cruz y la liberación de la resurrección. La pluralización en español como Pascuas extiende el término más allá de la Pascua de Resurrección para abarcar un ciclo festivo que incluye la Navidad y la Epifanía, configurando una polisemia que no se observa con la misma amplitud en otras lenguas romances.
El término se extiende al español pascua, al italiano pasqua, al francés pâques, al portugués páscoa y al inglés paschal como forma adjetiva culta, mientras que la designación anglosajona dominante, Easter, procede del inglés antiguo Ēastre, nombre de una divinidad germánica de la primavera y la fertilidad, con posible raíz en el indoeuropeo *h₂ews-, por ‘brillar’ o ‘amanecer’, evidenciando un sincretismo entre la celebración cristiana y la festividad pagana del renacer primaveral.
Entre los términos vinculantes a partir del hebreo pāsaḥ y la tradición semítica, destacan pascual (observado en el latín paschālis, señalando aquello perteneciente o relativo a la Pascua, con el sufijo -ālis, en función de relación), cirio pascual (comprendiendo la vela encendida en la Vigilia Pascual como símbolo de Cristo resucitado que ilumina las tinieblas) y cordero pascual (designando tanto la víctima del sacrificio hebreo como la figura cristológica que lo reinterpreta).
Por el lado del griego páschein, cuya falsa etimología resultó no obstante culturalmente operativa, se identifican pasión (dada en el latín passio, passiōnis, procediendo de passus, como participio de patī, por ‘padecer’, con raíz en el indoeuropeo *peh₂-, por ‘sufrir’ o ‘soportar’, con el sufijo -io, en función de la acción), paciente (pautado en el latín patiēns, patientis, como participio de patī, comprendiendo a quien soporta o padece, con el sufijo -ēns, en propiedad de agente), patología (visible en el griego pathología, formulada por páthos, por ‘padecimiento’, y -logía, por ‘estudio’, designando la ciencia que estudia las enfermedades) y empatía (declarada en el griego empátheia, conjugando el prefijo en-, por ‘dentro’, y páthos, configurando la capacidad de sentir dentro de sí el padecimiento ajeno).
Benjamin Veschi, 03/2026, en https://etimologia.com/pascua/