Misa

Se la aprecia en el latín eclesiástico missa, cuyo origen se vincula a la fórmula de despedida que cerraba la celebración litúrgica, pronunciada por el diácono como Ite, missa est, interpretándose como ‘Id, es la despedida’ o ‘Id, ha sido enviada’, al respecto del participio pasado femenino del verbo mittĕre, remitiéndose a ‘enviar’, ‘soltar’ o ‘dejar ir’, con raíz en el indoeuropeo *meyt-, por ‘intercambiar’ o ‘mover’, exponiendo así una construcción en la que el nombre de la ceremonia más solemne del cristianismo no procede de su contenido teológico sino del acto de su clausura, del momento en que la asamblea es liberada para regresar al mundo.

La interpretación de la fórmula Ite, missa est ha sido objeto de un extenso debate entre los filólogos y teólogos. Por un lado, se plantea que missa funciona como sinónimo del latín tardío missio, missiōnis, por ‘envío’ o ‘despedida’, comprendiendo simplemente la disolución de la congregación, tal como ocurría en las asambleas civiles romanas donde el término missio señalaba el licenciamiento de los soldados o la liberación de los gladiadores. Por el otro lado, una lectura teológica más profunda, desarrollada particularmente por San Agustín y consolidada en la tradición patrística, entiende que lo enviado no es la congregación sino la ofrenda eucarística, el sacrificio que asciende hacia Dios, de modo que missa est se reinterpreta como ‘ha sido enviada [la ofrenda al cielo]’, confiriendo a la fórmula de cierre una dimensión trascendente que justifica su elevación a nombre de todo el rito.

A nivel documental, el uso de missa como designación de la ceremonia eucarística aparece consolidado hacia finales del siglo IV, registrándose en la carta de San Ambrosio de Milán dirigida a su hermana Marcelina, fechada en el año 386, donde emplea el término para referirse al oficio litúrgico completo. Previamente, la celebración se identificaba mediante expresiones como fractio panis, por ‘fracción del pan’, o dominicum, por ‘lo del Señor’, de modo que la imposición de missa como denominación definitiva supone un desplazamiento semántico notable: el nombre de la despedida absorbe y reemplaza al de la ceremonia entera, como si el acto de enviar —ya sea a los fieles de regreso al mundo o la ofrenda hacia lo divino— constituyera la esencia misma del culto.

El término se extiende al español misa, al italiano messa, al francés messe, al portugués missa y al alemán Messe, mientras que el inglés opta por mass, procediendo del inglés antiguo mæsse, influenciado por el latín vulgar *messa.

Entre los términos vinculantes a partir del latín mittĕre y la raíz indoeuropea *meyt-, destacan misión (observada en el latín missio, missiōnis, configurando el acto de enviar con un propósito determinado, con el sufijo -io, en función de la acción), misil (dado en el latín missĭlis, señalando aquello susceptible de ser lanzado o enviado, con el sufijo -ĭlis, en propiedad de capacidad), emisario (pautado en el latín emissarius, formulado por el prefijo e-, variante de ex-, por ‘fuera’, y mittĕre, designando a quien es enviado hacia el exterior, con el sufijo -ārius, en función de agente), admitir (visible en el latín admittĕre, combinando el prefijo ad-, por ‘hacia’, y mittĕre, comprendiendo el acto de dejar entrar o enviar hacia adentro), remitir (declarado en el latín remittĕre, conjugando el prefijo re-, por ‘de vuelta’, y mittĕre, expresando la acción de enviar de regreso o perdonar), compromiso (en el latín compromissum, formulado por el prefijo com-, por ‘junto’, pro-, por ‘adelante’, y mittĕre, configurando el envío conjunto de una voluntad compartida) y promesa (sobre el latín promissa, como participio de promittĕre, combinando pro- y mittĕre, comprendiendo aquello que se envía hacia adelante como garantía).

Misa nació como despedida y terminó designando la totalidad del encuentro, como si la tradición cristiana hubiera intuido que el sentido más profundo de toda reunión sagrada no reside en la congregación como tal sino en el envío, en ese instante en que el fiel es devuelto al mundo portando consigo aquello que recibió, transformando la clausura en comienzo y la despedida en misión.

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