Visible en el árabe Maŷrīṭ (مجريط), denominación que recibe el enclave fortificado erigido por el emir omeya Muḥammad I de Córdoba hacia el año 860, como bastión defensivo destinado a proteger Toledo de las incursiones de los reinos cristianos del norte, cuyo origen etimológico se bifurca en dos pasajes que los filólogos no han logrado zanjar de manera definitiva, configurando una disputa que refleja las capas civilizatorias superpuestas sobre las que se funda la capital española.
Por un lado, y como el planteo de mayor aceptación entre los arabistas, se lo conecta con el árabe majrà (مجرى), por ‘cauce’, ‘canal’ o ‘curso de agua’, procediendo del verbo jarà (جرى), remitiéndose a ‘fluir’ o ‘correr’, complementado por el sufijo mozárabe -it, con referencia en el latín -ētum, en función de abundancia o lugar donde algo se concentra, tal como se aprecia en olivetum, por ‘olivar’, de modo que Maŷrīṭ se interpretaría como ‘lugar abundante en cauces de agua’ o ‘tierra de arroyos’, una denominación que responde a la realidad geográfica del emplazamiento original, surcado por una red de corrientes subterráneas y canalizaciones conocidas como mayras o viajes de agua, un sofisticado sistema hidráulico de galerías excavadas que abastecía a la población y que se mantuvo operativo hasta bien entrado el siglo XIX.
Por el otro lado, se cruza el camino etimológico con una hipótesis prerromana y latina que postula la existencia de un asentamiento anterior a la fundación islámica, denominado Matrice, al respecto del latín mātrīx, mātrīcis, por ‘madre’, ‘fuente’ o ‘origen de un río’, procediendo de māter, mātris, por ‘madre’, con raíz en el indoeuropeo *māter-, manteniendo el sentido, exponiendo la noción del manantial como madre que engendra el agua. Bajo esta lectura, el nombre habría designado el nacimiento de un arroyo, y los árabes lo habrían adaptado fonéticamente a Maŷrīṭ, arabizando una denominación preexistente. Remarcar que ambas hipótesis, lejos de contradecirse, convergen en una misma realidad: el agua como elemento fundacional de la identidad del lugar, ya sea desde el cauce árabe o desde la fuente latina.
A nivel documental, la forma Maŷrīṭ aparece registrada en las crónicas árabes del siglo X, mientras que las fuentes cristianas posteriores a la reconquista de 1083, bajo Alfonso VI, registran las variantes Magerit y Magrit, cuya evolución fonética hacia Madrid responde a un proceso de simplificación consonántica y sonorización característico del romance castellano medieval. La transformación de la g intervocálica en d, y la caída progresiva de la vocal intermedia, configuran el tránsito de Magerit a Madrit y finalmente a Madrid, consolidándose esta última forma hacia el siglo XIII.
Entre los términos vinculantes a partir de la raíz latina māter y del indoeuropeo *māter-, destacan matriz (observada directamente en el latín mātrīx, mātrīcis, comprendiendo tanto el útero como el molde del que procede una copia), materia (dada en el latín materia, por ‘sustancia’ o ‘madera’, asociada a māter en tanto sustancia originaria de la que las cosas se engendran), matrimonio (pautado en el latín matrimonium, conjugando māter y el sufijo -monium, en función de estado o condición, configurando la institución que legitima la maternidad), metrópoli (visible en el griego mētrópolis, formulada por mḗtēr, la forma griega de ‘madre’, y pólis, por ‘ciudad’, designando la ciudad madre) y madrina (sobre el latín matrīna, como derivación afectiva de māter, con el sufijo -īna, en función de pertenencia). Por el lado del legado árabe, se identifican acequia (procediendo del árabe al-sāqiya, por ‘canal de riego’), aljibe (dado en el árabe al-jubb, por ‘cisterna’ o ‘pozo’) y alcázar (pautado en el árabe al-qaṣr, sobre el latín castrum, designando la fortaleza que constituyó el núcleo original del Maŷrīṭ fundado por Muḥammad I).
Benjamin Veschi, 03/2026, en https://etimologia.com/madrid/