Discurso

Observado en el latín como discursus, discursūs, señalando la acción de correr de un lado a otro o dispersarse en múltiples direcciones, sobre el verbo discurrere, formado por el prefijo dis-, que determina la idea de separación, división o movimiento divergente a partir de un punto, y el verbo currere, remitiendo a ‘correr’, con raíz en el indoeuropeo *ḱers-, manteniendo el sentido del desplazamiento veloz; se conjuga el sufijo -sus, tomado sobre el tema del supino discursum, en función de sustantivación que señala el resultado o la acción cumplida, tal como también lo exponen curso (dado en el latín cursus) o censo (visible en el latín census).

El discursus del latín clásico describe a las tropas que se desbandan por el campo, a la multitud que se dispersa por las calles, al agua que se reparte por los canales. No hay palabra alguna, sino movimiento. El cambio semántico hacia el terreno intelectual se produce en el latín tardío y se consolida en el ámbito escolástico medieval, donde la ratio discursiva denomina el modo de conocimiento propio del hombre, aquel que debe recorrer un trayecto entre las premisas y la conclusión, avanzando paso a paso, por oposición al intellectus intuitivus, atribuido a los ángeles y a Dios, que aprehende la verdad de una sola mirada y sin recorrido. El pensamiento humano, en esta concepción, corre; y ese correr del razonamiento es lo que en definitiva se llamó discurso.

La tradición europea consagra la acepción intelectual en los títulos de dos obras determinantes: el Discours de la méthode de Descartes, en 1637, y el Discours sur l’origine de l’inégalité de Rousseau, en 1755, donde el término no designa una pieza oratoria sino el itinerario completo de un razonamiento.

En su dimensión retórica, el discurso hereda la función que el griego asignaba al lógos (λόγος), abarcando la palabra, la razón y el cálculo, y que el latín distribuía entre oratio, por el acto de hablar en público, y el propio discursus. Comprende una construcción deliberada, dirigida a un auditorio, sostenida por una estructura que ordena la argumentación y persigue la persuasión, el homenaje o la instrucción.

El siglo XX amplía su alcance. A partir de la lección inaugural de Michel Foucault en el Collège de France, en 1970, el discurso deja de ser un texto para constituirse en un sistema regulado de enunciados que determina lo que puede decirse, quién está autorizado a decirlo y bajo qué condiciones, ejerciendo un poder que no se apoya en la prohibición explícita sino en el control silencioso de aquello que resulta pensable. Bajo esta perspectiva, el análisis del discurso se instala como herramienta de las ciencias sociales para examinar los mecanismos mediante los cuales el lenguaje instituye realidades, naturaliza jerarquías y organiza el consenso.

Entre las palabras que comparten la raíz currere, se identifican correr (conservando la forma latina con evolución romance), curso y cursar (sobre el latín cursus), currículum (dado en el latín curricŭlum, como diminutivo que señala una pequeña carrera o trayecto), concurso (declarado en el latín concursus, por confluir corriendo), recurso (en el latín recursus, por volver sobre lo andado), ocurrir (visible en el latín occurrere, por salir al encuentro), socorrer (pautado por el latín succurrere, por acudir corriendo debajo o en auxilio), incursión (observable en el latín incursio), excursión (dado en el latín excursio), precursor (en el latín praecursor, señalando a quien corre delante) y correo (por la vía del catalán correu y el francés antiguo corlieu, sobre el mismo campo del correr).

El francés registra discours, el italiano discorso, el portugués discurso y el inglés discourse.

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