Crédito

Marcado en el latín como credĭtum, designando aquello confiado o prestado, operando como participio neutro del verbo credĕre, que se interpreta por ‘creer’, ‘confiar’ o ‘entregar en confianza’, con raíz en el indoeuropeo *kerd-dʰē-, una composición arcaica de notable transparencia: conjuga *kerd-, por ‘corazón’, y *dʰē-, por ‘poner’ o ‘colocar’, declarando la acción de poner el corazón en alguien.

Credĕre nombraba tanto la fe en los dioses como el préstamo de dinero, y el credĭtor era el que confiaba, exponiendo que para la mentalidad romana el acreedor no era primariamente el que cobra, sino el que creyó. El cristianismo consagró el Credo, primera persona del verbo, como el nombre mismo de la profesión de fe formulada en los concilios de Nicea y Constantinopla, mientras el mercado medieval construía sobre la otra ladera, apreciándose que los banqueros italianos del Renacimiento operaban sobre la fides y el credito, y que la palabra viajó por Europa junto con la letra de cambio y la partida doble, registrándose en el español hacia el siglo XVI, en el francés crédit, en el inglés credit y en el alemán Kredit, todos tributarios del italiano comercial.

El crédito pautó la expansión mercantil desde las ferias de Champaña hasta la banca de los Médici, y la era contemporánea lo masificó. La tarjeta de crédito, nacida en 1950 con el Diners Club a partir de la anécdota del empresario que olvidó la billetera en un restaurante de Nueva York, convirtió la vieja confianza personal entre prestamista y deudor en un sistema anónimo de solvencias calculadas, donde ya no cree una persona sino un algoritmo, apreciándose la ironía de que el puntaje crediticio contemporáneo mide con decimales aquello que el étimo llamaba, sencillamente, poner el corazón. Las crisis periódicas del sistema, de la quiebra de los Bardi en el siglo XIV al colapso de 2008, gestado precisamente en créditos otorgados sin creer demasiado, confirman que cuando el crédito se separa por completo de la creencia, la palabra toma venganza.

Dar crédito a un rumor es creerlo, una versión digna de crédito es una versión creíble, y quien pierde el crédito ante los demás no perdió dinero sino confianza, mientras el registro académico acuña los créditos universitarios como unidades de confianza institucional en el estudio realizado, y el espectáculo denomina créditos a la nómina final que reconoce a cada participante, exponiendo que acreditar, en todas sus escenas implica atribuir a alguien lo que merece que se crea del mismo.

Ejemplos de oraciones

El banco le aprobó el crédito para comprar su primera vivienda.

No doy crédito a lo que dicen de él: lo conozco hace veinte años.

Se quedaron hasta el final de la película para ver su nombre en los créditos.

Comparación etimológica

Sobre la base de credĕre, se identifican creer y creencia (por la vía patrimonial del mismo verbo), credo (conservando la primera persona latina, por ‘yo creo’, consagrada en la liturgia y extendida al conjunto de convicciones de una persona), crédulo e incrédulo (dados en el latín credŭlus e incredŭlus, señalando al que cree con facilidad excesiva y a su contrario), credencial (sobre el latín medieval credentiālis, el documento que pide que se le crea al portador), acreditar (conjugando el prefijo a- y el crédito, por la acción de generar o certificar confianza) y acreedor (procediendo del mismo credĕre, fiel al sentido romano del que confió su dinero).

En la raíz *kerd-, por ‘corazón’, se aprecian cordial (dado en el latín cordiālis, sobre cor, cordis, por lo que sale del corazón), concordia y discordia (conjugando los prefijos con- y dis- con el corazón, por la unión y la división de los ánimos), recordar (observado en el latín recordāri, volver a pasar por el corazón, exponiendo que para los romanos la memoria habitaba en el pecho) y coraje (por la vía del francés antiguo corage, sobre el mismo cor).

Buscador