Biblia

Documentado en el latín tardío como biblĭa, tomado del griego biblía (βιβλία), configurándose como el plural neutro de biblíon (βιβλίον), remitiendo a ‘libro’ o ‘escrito’, forma diminutiva de bíblos (βίβλος), designando originalmente la corteza interna del papiro con la que se fabricaban los rollos de escritura, con referencia directa en la ciudad fenicia de Býblos (Βύβλος), actual Jbeil en el Líbano, que operaba como el principal centro de comercio y exportación del papiro egipcio hacia el mundo griego. De este modo, la composición transmite literalmente ‘los libros’, en plural, exponiendo que la Biblia no se concebía originalmente como una obra unitaria, sino como una colección de textos reunidos, una biblioteca sagrada cuya denominación nace del material sobre el cual se inscribieron las primeras palabras que la constituyen.

Remarcar que la transición del plural griego biblía al singular femenino latino biblĭa constituye un fenómeno lingüístico determinante. El latín medieval reinterpreta el plural neutro griego como un singular femenino de la primera declinación, un desplazamiento gramatical que acarrea una transformación conceptual profunda: lo que en griego se entendía como ‘los libros’, una pluralidad, pasa a percibirse como ‘el libro’, una unidad, consolidando la idea de un texto sagrado cohesionado por una voluntad divina que lo vertebra de principio a fin. Esta reinterpretación se instala en todas las lenguas romances, apreciándose en el italiano Bibbia, el francés Bible, el portugués Bíblia y el español Biblia, extendiéndose al inglés Bible y al alemán Bibel.

La ciudad de Býblos no solo presta su nombre al objeto que revolucionaría la transmisión del conocimiento, sino que se erige como uno de los enclaves urbanos más antiguos del mundo, con registros de ocupación continua que se remontan al menos al quinto milenio antes de Cristo. Los fenicios, maestros del comercio marítimo, canalizaban desde sus puertos el papiro procedente del delta del Nilo, un material que los griegos denominaron precisamente bíblos en honor al punto de origen de la mercancía, estableciendo una cadena semántica que vincula una planta egipcia, una ciudad fenicia y la totalidad de la tradición escrita occidental.

La compilación del texto bíblico se extiende a lo largo de más de un milenio, distinguiéndose el Antiguo Testamento, cuya redacción abarca aproximadamente desde el siglo XII a.C. hasta el siglo II a.C., compuesto mayoritariamente en hebreo y parcialmente en arameo, y el Nuevo Testamento, escrito en griego koiné durante la segunda mitad del siglo I d.C. La traducción griega del Antiguo Testamento, conocida como la Septuaginta (sobre el latín septuagintā, por ‘setenta’, en alusión a los setenta y dos eruditos que según la tradición la realizaron en Alejandría hacia el siglo III a.C.), y la posterior traducción latina de San Jerónimo, denominada Vulgata (dado en el latín vulgāta, participio de vulgāre, por ‘hacer público’ o ‘difundir’), constituyen los dos pilares que determinan la transmisión textual del corpus bíblico al mundo occidental.

Es posible destacar como palabras asociadas a la raíz de bíblos, biblioteca (observado en el griego bibliothḗkē, conjugando biblíon y thḗkē, por ‘depósito’ o ‘caja’, describiéndose el lugar donde se depositan los libros), bibliografía (dado en el griego bibliographía, compuesto por biblíon y graphía, procediendo de gráphein, por ‘escribir’, designando la escritura o registro de libros), bibliófilo (visible en el griego biblióphilos, donde phílos remite a ‘amigo’ o ‘amante’, señalando al amante de los libros), bibliomanía (pautado por biblíon y el griego manía, por ‘locura’, exponiendo la pasión desmedida por la acumulación de libros) y bibliómetro (conjugando biblíon y métron, por ‘medida’, en referencia a la cuantificación de la producción bibliográfica).

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