Es un neologismo constituido a partir de los componentes del griego autós (αὐτός), interpretándose por ‘uno mismo’, ‘por sí mismo’, cuya reconstrucción etimológica según Beekes se traza sobre el indoeuropeo *h₂ew, por ‘de vuelta’ o ‘alejarse’, combinado con *to-, en función demostrativa, y el sufijo -ismós (-ισμός), procediendo del latín -ismus, que forma sustantivos abstractos denotando una tendencia, doctrina o condición. De este modo, la composición etimológica transmite la idea de una condición orientada hacia uno mismo, un repliegue sobre el propio ser.
El término fue acuñado en 1911 por el psiquiatra suizo Eugen Bleuler (1857-1939), quien por entonces se desempeñaba como director del Hospital Burghölzli de Zúrich, en su obra fundamental Dementia Praecox oder Gruppe der Schizophrenien (Demencia Precoz o el Grupo de las Esquizofrenias), publicada por Deuticke en Leipzig. Bleuler lo concibió originalmente para describir uno de los síntomas fundamentales de la esquizofrenia, denominando las célebres ‘cuatro aes’: asociación, afectividad, ambivalencia y autismo, identificando en este último el alejamiento de la realidad exterior y el repliegue del paciente sobre un mundo interno de fantasías y delirios. Cabe señalar que Bleuler ya había introducido el término esquizofrenia en una conferencia en Berlín en abril de 1908, sustituyendo el concepto de dementia praecox planteado por Emil Kraepelin (1856-1926), al considerar que la enfermedad no siempre surgía en la adolescencia ni necesariamente derivaba en deterioro intelectual. Posteriormente, en 1913, Bleuler detallaría aún más el concepto en su artículo «Pensamiento Autístico», publicado en la revista The American Journal of Insanity.
Sin embargo, el significado que prevalece en la actualidad dista considerablemente de la concepción original de Bleuler. En 1943, el psiquiatra austríaco Leo Kanner (1894-1981), establecido en el Hospital Johns Hopkins de Baltimore, publicó en la revista Nervous Child el artículo fundacional titulado Autistic Disturbances of Affective Contact (Perturbaciones Autistas del Contacto Afectivo), presentando los historiales de once niños que manifestaban características comunes: una profunda falta de contacto afectivo con otras personas, un deseo obsesivo por mantener la invariabilidad del entorno y particularidades notables en el lenguaje, denominando el cuadro como autismo infantil precoz. De manera paralela e independiente, en 1944, el pediatra vienés Hans Asperger (1906-1980) publicó observaciones similares bajo la denominación de psicopatía autista, destacando en sus pacientes un lenguaje centrado en temas de interés específico y refiriéndose a ellos como ‘pequeños profesores’, enfatizando su capacidad para hablar de sus temas favoritos con detalle y precisión.
Remarcar que previamente, en 1925, la psiquiatra infantil soviética Grunia Sujareva había publicado la primera descripción detallada de síntomas asociados con esta condición, un trabajo que lamentablemente cayó en el olvido durante décadas y que constituye un antecedente legítimo que la historia tiende a marginar.
El camino hacia la conceptualización actual fue largo y tortuoso. Durante las décadas de 1950 y 1960, las teorías psicodinámicas dominaron el debate, alimentando la devastadora hipótesis de la ‘madre nevera’, impulsada por Bruno Bettelheim (1903-1990), que atribuía el autismo a la frialdad emocional de los progenitores, una postura que causó un daño incalculable a las familias. Fue en los años setenta, a partir de los trabajos de Michael Rutter y de Ritvo y Freeman, que se separó definitivamente el autismo de la esquizofrenia, estableciendo criterios diagnósticos diferenciados. En 1979, Lorna Wing y Judith Gould introdujeron la noción de espectro, reconociendo una gradualidad en las manifestaciones, concepto que eventualmente se consolidaría con la publicación del DSM-5 en 2013, unificando las variantes bajo la denominación de Trastorno del Espectro Autista (TEA).
En los tiempos actuales, el autismo se comprende como una condición del neurodesarrollo, no como una enfermedad, caracterizada por diferencias en la comunicación social, patrones de conducta e intereses, y particularidades en el procesamiento sensorial, reconociendo que la significación etimológica de ‘encerrarse en uno mismo’ no refleja la realidad de muchas personas dentro del espectro, quienes son sociables y desean interactuar con el mundo que las rodea.
Es posible destacar como palabras asociadas a la raíz autós, que permean numerosas composiciones del idioma: autonomía (sobre el griego autonomía, αὐτονομία, conjugando autós y nómos, por ‘ley’), autocracia (dado en el griego autokratía, αὐτοκρατία, combinando autós y krátos, por ‘poder’), autómata (visible en el griego autómatos, αὐτόματος, transmitiendo la idea de aquello que actúa por sí mismo), autodidacta (pautado en el griego autodídaktos, αὐτοδίδακτος, formado por autós y didáskein, por ‘enseñar’), y autóctono (por el griego autókhthōn, αὐτόχθων, a partir de autós y khthṓn, por ‘tierra’). Por su parte, el sufijo -ismo se observa en composiciones como estoicismo (sobre el griego stoïkismós), ostracismo (dado en el griego ostrakismós) o metabolismo (visible en el griego metabolismós).
Benjamin Veschi, 02/2026, en https://etimologia.com/autismo/