Atorrante

Nace en el lunfardo rioplatense hacia fines del siglo XIX, sobre el individuo vago, holgazán y desfachatado que deambula sin oficio ni compromiso, configurándose a partir del verbo atorrar, por ‘dormir’ en el habla popular de Buenos Aires, complementándose por el sufijo -nte, que refleja las formas del latín -ns, -ntis, en función de la adjetivación a razón del participio, señalando a quien protagoniza la acción, es decir, aquel que atorra, el que duerme cuando debería trabajar.

La versión popular, instalada con fuerza en el imaginario colectivo, sostiene que hacia la década de 1880, durante las obras de salubridad de Buenos Aires, se depositaron a lo largo de la costanera enormes caños de desagüe que portaban estampada la inscripción A. Torrant, correspondiendo al nombre del fabricante francés, y que los vagabundos de la ciudad adoptaron aquellos tubos como refugio nocturno, denominándose a quienes dormían en ellos, precisamente, atorrantes. No obstante, la investigación lexicográfica no logra certificar la existencia de la empresa mencionada, planteándose que el relato constituye una etimología popular, un mito urbano forjado con posterioridad para explicar una palabra cuyo origen resultaba difuso.

Frente a la leyenda, los estudiosos del lunfardo, destacándose José Gobello (1919-2013), fundador de la Academia Porteña del Lunfardo, postulan que el verbo atorrar precede al sustantivo, apreciándose su posible vínculo con el español turrar, remitiendo a ‘tostar’ o ‘asar’, con referencia en el latín torrēre, por ‘secar al fuego’ o ‘quemar’, sobre la base del indoeuropeo *ters-, interpretándose por ‘secar’, de quien se tumba a dormitar al sol, tostándose en la inactividad como quien se abandona al calor.

Observar torrente, visible en el latín torrens, torrentis, participio de torrēre, designando originalmente el cauce que hierve y se agita como si quemara, antes de secarse en el estiaje). Torrente y atorrante, dos palabras de temperamentos opuestos, la furia del agua y la quietud del vago, converjan en la misma raíz del fuego que seca.

La palabra se consolida en el sainete criollo y el tango, en las letras de los años veinte y treinta, donde el atorrante y su variante femenina, la atorranta, cargada injustamente con un matiz adicional de reproche moral, desfilan como personajes emblemáticos del paisaje porteño, extendiéndose al habla coloquial de Uruguay y otros países de la región.

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