Alarma

Su huella está el italiano como allarme, por la expresión militar all’arme!, literalmente ‘¡a las armas!’, el grito que convocaba a los soldados a tomar sus armas de inmediato ante la proximidad del enemigo, configurándose a partir de la contracción de la preposición a y el artículo le, transmitiendo la idea de dirección ‘hacia las’, y el sustantivo arme, plural de arma, con referencia en el latín arma, armōrum, designando los instrumentos de guerra y defensa, asociado al verbo armāre, por ‘equipar’ o ‘proveer de armas’, sobre la base del indoeuropeo *ar-, interpretándose por ‘ajustar’, ‘unir’ o ‘ensamblar’.

La raíz *ar- no remite a la violencia, sino a la idea de ajustar piezas entre sí, comprendiéndose que las arma latinas designaban originalmente el equipamiento que se ensambla y se ajusta al cuerpo del combatiente, un matiz que conecta la palabra con un campo semántico de precisión y encastre antes que de destrucción.

El grito all’arme! se instala en las lenguas europeas a través de los ejércitos y mercenarios italianos de la Baja Edad Media, registrándose en el francés como alarme hacia el siglo XIV, extendiéndose al español alarma, al portugués alarme, al inglés alarm y al alemán Alarm. Resulta interesante el caso del inglés, donde la variante alarum, documentada en el teatro isabelino, se empleaba como acotación escénica en las obras de Shakespeare, apreciándose la indicación alarums and excursions para señalar el estruendo y movimiento de tropas en escena. Así mismo, el desplazamiento del grito al dispositivo se consolida con la modernidad: el reloj despertador se denomina alarm clock en inglés, documentado hacia el siglo XVI en sus formas mecánicas primitivas, transformando la voz que convocaba a la batalla en el sonido que convoca a comenzar el día.

Del mismo trayecto militar italiano procede una palabra hermana: alerta, sobre la expresión all’erta!, por ‘¡a la altura!’ o ‘¡a la atalaya!’, donde erta remite a la pendiente o elevación desde la cual el centinela vigilaba, con base en el latín erĭgĕre, por ‘erguir’, exponiendo que mientras la alarma convocaba a las armas, la alerta convocaba a la vigilancia, una distinción que pervive en el matiz contemporáneo entre ambos términos.

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