Sacramento

Registrado en el latín sacramentum, designando originalmente el juramento solemne que prestaban los soldados romanos al incorporarse al servicio militar, comprometiéndose ante los dioses a cumplir con su deber hasta las últimas consecuencias, procediendo del verbo sacrāre, por ‘consagrar’ o ‘dedicar a lo sagrado’, sobre la base del adjetivo sacer, sacra, sacrum, remitiéndose a ‘sagrado’ o ‘separado para los dioses’, con raíz en el indoeuropeo *sak-, por ‘santificar’ o ‘establecer un pacto ritual’; complementándose por el sufijo -mentum, en función del instrumento o resultado de una acción, configurando así el medio a través del cual se materializa la consagración.La dimensión jurídica del término precede a la religiosa: en el derecho romano, el sacramentum comprendía además una suma de dinero que las partes en litigio depositaban como garantía ante el tribunal, perdiéndola quien resultase vencido, destinándose los fondos al culto público. De este modo, el sacramentum operaba como un vínculo entre lo humano y lo divino, sellando compromisos cuya violación implicaba no solo una consecuencia terrenal sino una ofensa contra los dioses mismos.

La transformación decisiva se produce con la adopción del término por parte de la tradición cristiana, cuando los primeros teólogos latinos necesitaron traducir el griego mystḗrion (μυστήριον), por ‘misterio’, asociado a mýstēs (μύστης), designando al ‘iniciado’, procediendo del verbo mýein (μύειν), por ‘cerrar los ojos’ o ‘cerrar la boca’, en alusión al secreto que guardaban los participantes de los ritos mistéricos griegos. San Jerónimo y Tertuliano consolidan esta equivalencia, otorgándole al sacramentum latino la carga teológica del mystḗrion griego, de modo que lo que había sido un juramento militar se eleva a canal visible de la gracia invisible, según la formulación que posteriormente perfeccionaría San Agustín al definirlo como signum sacrum.

A nivel documental, el sentido cristiano se estabiliza entre los siglos III y IV, pero es el Concilio de Trento, entre 1545 y 1563, el que fija definitivamente los siete sacramentos reconocidos por la iglesia católica: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio, cada uno comprendido como un acto instituido por Cristo que confiere la gracia que significa.

Entre los términos vinculantes a partir de la raíz indoeuropea *sak- y del latín sacer, destacan sagrado (observado en el latín sacrātus, como participio de sacrāre), sacerdote (dado en el latín sacerdōs, sacerdōtis, formulado por sacer y la raíz *dhē-, por ‘hacer’ o ‘establecer’, comprendiendo a quien ejecuta los actos sagrados), sacrificio (pautado en el latín sacrificium, conjugando sacer y facĕre, por ‘hacer’, designando el acto de hacer algo sagrado mediante la ofrenda), sacrilegio (visible en el latín sacrilegium, combinando sacer y legĕre, por ‘tomar’ o ‘recoger’, señalando la profanación de lo consagrado), sacristía (en el latín medieval sacristīa, sobre sacrista, identificando al custodio de los objetos sagrados, con el sufijo -ía, en función de lugar) y execrar (declarado en el latín exsecrāri, formulado por el prefijo ex-, por ‘fuera de’, y sacrāre, comprendiendo el acto de apartar de lo sagrado, es decir, maldecir).

Esta palabra expone cómo una institución religiosa puede absorber y resignificar un término de raigambre civil y militar hasta convertirlo en piedra angular de su doctrina. Lo que el legionario romano sellaba con su juramento ante las águilas del ejército, el cristiano lo renueva ante el altar, y en ambos casos el sacramentum conserva su esencia primordial: un compromiso que trasciende lo meramente humano, vinculando al individuo con una dimensión que lo excede y que, precisamente por ello, le confiere gravedad y propósito.

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