Documentado en el latín como chrisma, chrismătis, procediendo del griego khrîsma (χρῖσμα), que señalaba el aceite o ungüento consagrado utilizado en rituales de unción, derivado del verbo khríein (χρίειν), interpretándose por ‘untar’, ‘frotar’ o ‘ungir’, con raíz en el indoeuropeo *ghrēi-, al que se le atribuyen los sentidos de frotar o embadurnar; acompaña el sufijo -ma (-μα), en función del resultado de una acción, configurando la idea de aquello que se obtiene al ungir, es decir, la sustancia en sí con la que se realiza el acto.
La práctica de ungir con aceites aromáticos se remonta a las civilizaciones del Cercano Oriente, donde la aplicación de bálsamos sobre el cuerpo revestía un carácter tanto higiénico como ceremonial. En el antiguo Israel, la unción constituía el rito por el cual se consagraban reyes, sacerdotes y profetas, impregnando al ungido con una autoridad que trascendía lo humano y lo investía como instrumento de lo divino. Es precisamente de este verbo griego khríein que se desprende Khristós (Χριστός), el ‘ungido’, título que se aplica a Jesús de Nazaret y que el latín adopta como Christus, forjando una de las derivaciones más trascendentales de la historia lingüística occidental: la misma raíz que nombra un aceite ritual termina denominando a una figura cuya influencia redefine calendarios, imperios y civilizaciones.
En la liturgia cristiana, el crisma se constituye como una mezcla de aceite de oliva y bálsamo que el obispo consagra durante la Misa Crismal del Jueves Santo, reservándose para los sacramentos del bautismo, la confirmación y la ordenación sacerdotal, así como para la dedicación de altares e iglesias. La tradición católica distingue tres óleos sagrados: el sanctum chrisma, que ostenta la mayor jerarquía, el oleum catechumenorum, destinado a los catecúmenos, y el oleum infirmorum, aplicado en la unción de los enfermos.
Por extensión coloquial, documentada en el español peninsular, el crisma se desplaza de su registro litúrgico para designar la cabeza, particularmente en la expresión romperse la crisma, que señala un golpe violento en el cráneo, un desplazamiento semántico que se comprende al considerar que la unción bautismal se realiza precisamente sobre la coronilla del recién nacido, estableciendo una asociación metonímica entre la sustancia sagrada y la parte del cuerpo que la recibe.
El francés registra la forma chrême, que evoluciona hacia crème en una bifurcación semántica notable que termina designando la crema en su acepción cosmética y culinaria, aunque la vía litúrgica se preserva en chrême como tecnicismo eclesiástico. El inglés adopta chrism por vía del anglosajón crisma, mientras que el italiano conserva crisma y el portugués mantiene la misma forma.
En la esfera de las asociaciones linguísticas: Cristo (sobre el griego Khristós, por ‘el ungido’, calco semántico del hebreo māšîaḥ, que configura Mesías), crismar (derivación directa de chrisma, describiendo la acción de administrar el sacramento), crema (por el francés crème, que toma la noción de ungüento desde una vertiente secular), y anticristiano (conjugando el prefijo anti- y Christiānus, que a su vez procede de Christus).
Por la vía del sufijo -ma se pueden identificar construcciones paralelas en estigma (sobre el griego stígma, por la marca resultante de picar), dogma (dado en el griego dógma, por lo que parece correcto) y enigma (pautado por el griego aínigma, por aquello que se dice de forma oscura).
Benjamin Veschi, 03/2026, en https://etimologia.com/crisma/